REMESAS Y REMESAS
Es muy común leer y oír en los medios de prensa conservadores (es decir, todos o casi todos los medios) que muchos países periféricos, especialmente los más débiles de nuestra región latinoamericana, basan en buena medida la viabilidad de sus economías en el flujo de remesas que reciben de los emigrantes que trabajan en Estados Unidos y Europa. De esa manera -mostrando solo una cara de la realidad- se trata de acentuar entre nosotros el complejo de inferioridad imprescindible para ejercer el dominio cultural, sin el cual la sujeción económica y política imperialista no podría existir. Las remesas son una realidad, nadie lo pone en dudas, pero de lo que no se habla es de las inmensas sumas que empresas monopólicas se llevan de nuestros países en conceptos de "royalties", dividendos y derechos de todo tipo. Esas también son remesas ¡y de qué magnitud!
Pero se trata sólo de una parte del problema, pues también nuestros países -o mejor dicho, sus masas laboriosas- han costeado con su esfuerzo los "desbalances globales" que caracterizaron la economía mundial de las últimas décadas. Como bien explica el economista Guillermo Wierzba ("Pagina 12, 27-4-'09) estos desbalances "consistían en los superávit comerciales permanentes de países periféricos que financiaban los constantes déficit externos de los Estados Unidos. Así, el exceso de ahorro de esas naciones ‘emergentes' sustentaba el creciente endeudamiento público y privado estadounidense. Aquéllos exportaban una parte sustantiva de su producción e invertían en dólares, o títulos de deuda de la superpotencia, las divisas que acumulaban". Esa nueva crisis de la deuda -en la que ahora los endeudados son los antiguos acreedores- está en pleno desarrollo y se verá cuál es su resolución. ¿Fin de la era del dólar? ¿Hegemonía del yuán? ¿Guerra de las galaxias? Nadie puede saberlo. Pero lo cierto es que el modelo estructural de las relaciones económicas globales, asociado -como apunta el citado economista- "a un insuficiente despliegue de los mercados internos de los países en desarrollo para absorber la producción de sus economías", tiene un basamento innegable en el precario consumo de las masas "emergentes". Como decía Jauretche nuestra flaqueza no es el "consumismo" sino todo lo contrario, la falta de consumo. Norteamérica, en cambio, se convirtió del modo descrito por Wierzba, en el gran consumidor a escala planetaria, en el insaciable parásito de la producción del mundo semicolonial. "Así -concluye el economista-, un régimen de regresividad distributiva se construía entre las naciones en las que se producía con bajos costos salariales, y contaban con mercados internos estrechos por la misma razón, y el país que poseía el atributo para asumir el rol deficitario permanente y creciente".
¿Esta historia continuará?
Juan Carlos Jara
